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miércoles, 23 de septiembre de 2020

Cuestión de Fe




Contrario a lo que puedan pensar, como ser humano, esposo y padre de familia, no soy ajeno, a las incertidumbres que hoy en día embargan al resto de las personas. Pienso de hecho, que de alguna forma, estoy más que comprometido con la situación presente, en aras de aportar soluciones y caminos alternativos, que nos permitan dar respuestas a estas incertidumbres.

Pero debo confesar, que no tengo todas las respuestas que quisiera, o por lo menos no lo tengo todo tan claro como desearía, porque estoy consciente de  mis limitaciones intelectuales, físicas y espirituales, y de la falta de experiencia en muchos aspectos, lo cual, no me  permite aportar ideas claras sobre los mismos.

Sin embargo, he tenido la dicha de contar con mucha gente sabia a mi alrededor durante mi caminar, quienes me han enseñado a atesorar y a poner en ejercicio cada fibra de mi ser, para vibrar acompasadamente, con el conocimiento recibido de ellos y por medio de muchas otras vías, como lo son los libros, la observación de mi entorno y la meditación.

Parte de ese conocimiento, el cual esgrimo en todos mis escritos con mucho orgullo y convicción, es el que está vinculado a mi experiencia personal con Dios, desde hace más de 36 años (aunque puedo asegurar que es desde antes de nacer).

En todo ese tiempo, el ejercitar mi fe en Dios, ha sido la constante en todas las circunstancias en las que me he visto involucrado, y ha marcado de igual forma, la evolución de todo mí ser interior hasta la fecha. No hay nada que yo pueda decirte donde no esté involucrado Dios. Él es mi norte y mi fin último.

La ventaja de haber escogido este camino o estilo de vida, es haber entendido principalmente, que como seres humanos, estamos más conectados con Dios de lo que nosotros mismos pensamos. No hay barreras entre Él y nosotros, mas que las generadas por la ignorancia de aquello que no conocemos, así como tampoco, existe ninguna condición o estado en nuestro ser que nos exija estar separados de Él.

Con todo respeto a este vínculo que hemos construido entre nosotros, me tomo la libertad de hablarte acerca de la fe sin ningún tipo de sesgo religioso o ideológico.

La fe, constituye un tema tan trascendental, como cotidiano, y aunque es muy conocida como término, desconocemos en gran medida, su correcta aplicabilidad para nuestras vidas.

Quiero que me acompañes a analizar este maravilloso tema, desde una óptica  particular, añadiendo en el camino, un mayor conocimiento de nosotros mismos.



 

Cuando me preguntan por lo que nos depara el futuro, es muy difícil encontrar en mis labios, una respuesta diferente, a la de afirmar que: “todo estará muy bien”. Y esta respuesta no es porque me sienta optimista o porque tenga un plan debajo de la manga, el cual no he querido revelar.

Es así, porque yo lo creo, y porque yo lo creo, es así.

Lo anterior es lo que nosotros denominamos fe.

Si me preguntas ¿tiene que ver la fe con ser positivo? Mi respuesta tajante será: NO.

La fe no tiene que ver con el positivismo mental. La fe proviene de lo mas profundo de nuestro ser. Es parte del depósito de Dios en nosotros, desde nuestra concepción. No es algo que debemos procurar tener, porque es parte de nuestra naturaleza como seres humanos. Es un don que Dios nos entregó, no es algo externo que se introduce en nosotros.

Por definición lingüística, en el idioma original, la palabra fe se traduce en confianza, pero también en fidelidad.

Tener fe es confiar, pero a la vez implica ser fiel a eso en lo que confías.

Es por ello, que la fe está ligada al creer. Cuando creemos en algo, lo primero que depositamos en ello es nuestra confianza. Creer en algo o en alguien, revela nuestro compromiso, y el grado del mismo determina nuestra fidelidad.

Somos fieles únicamente a aquello en lo cual creemos.

Esto último puede estar relacionado con una persona, con una institución, con una habilidad que poseamos, con un pensamiento, etc.

¿Por qué creemos?

Dios se aseguró que nosotros poseyéramos la capacidad de creer, aún antes de estar conscientes de ello. Es por eso, que la humanidad entera, en cualquier parte del mundo, cualquiera que sea su cultura o su condición social, de alguna forma, siempre está en la búsqueda de “creer en algo” ¿Por qué es esto así?

Te responderé con un ejemplo. Cuando vemos un estanque, donde el agua aparentemente no se mueve, asumimos que todo está tranquilo. Pero resulta, que las moléculas del agua, en estado líquido, están en continuo movimiento, por eso, aunque imperceptible a la vista, siempre el agua tratará de desplazarse más allá del medio que la contiene. La movilidad está en sus moléculas.

De esa misma forma, la fe en el ser humano, buscará siempre ese elemento conectivo con su creador, muchas veces, abrazando ideologías o creencias  no acordes al propósito para el que fueron diseñadas.

Queramos o no, está en nuestro ser, la necesidad de subsanar el apetito de nuestra fe. Todos respondemos funcionalmente a este principio marcado en nuestro ADN, en mayor o menor grado.

Toda tu búsqueda de algo más allá de lo visible, de reconocerte como un ser por encima de lo biológico, de conectarte con la energía que te envuelve, de proyectar tu mente más allá de un simple conocimiento intelectual, todo eso y más, es tu fe interactuando, con el objeto de desarrollar el propósito que la define: Conectarse con Dios.

No podemos deshacernos de la fe, así como no podemos eliminar a capricho una molécula de nuestro cuerpo.

Como los músculos del cuerpo, hay que ejercitar la fe para sacarle el mayor provecho.

Al inicio te mencioné, que a lo largo de mi vida me he visto en circunstancias, donde me he visto forzado a ejercitar mi fe, pero viéndolo mas claro en la actualidad, me atrevo a afirmar, que no hay día ni momento en donde la fe no sea sometida a prueba.

Creo que el tiempo presente es una evidencia de ello. No es posible negar que esta situación de pandemia mundial, haya concebido en sí misma, distintas formas para ponernos a prueba. 

Se requiere más que positivismo para afrontar los retos de cada día. En la región donde vivo por ejemplo, aunado a los inconvenientes ya establecidos por la situación de cuarentena social, se han sumado problemas graves en los servicios públicos, como lo son: agua, gas, electricidad, transporte, abastecimiento de combustible, Internet, etc.

Cuando uno junta todo esto, en un único momento histórico, solo puedes asemejarlo a una situación de guerra, donde no hay nada garantizado, nada funcionando enteramente, y donde las posibilidades de que mejore no se vislumbran a corto plazo.

¿Cómo afrontar una situación así? ¿Cómo mantenerse firme ante lo que parece ser una situación infranqueable?

 



En el texto que inicia esta sección, encontramos una definición bíblica muy popular entre los creyentes para describir lo que es la fe.

Como todo en la vida, hay aspectos que tienen más de un punto de vista, y la fe no escapa de ello.

La fe es como una moneda con dos caras o lados, donde cada uno es el complemento del otro, pero ambos son muy diferentes.

La fe primeramente, es la convicción de cosas que se esperan como si ya fueran realidad.

En este aspecto, la fe apunta hacia nuestra esperanza. ¿Que es la esperanza?

La esperanza es el estado de ánimo, en el cual se cree que aquello que uno desea o pretende es posible.

Tener fe puede estar relacionado con creer en algo antes de que suceda.  Este es el lado de la fe que más asociamos con el futuro. Concebimos que algo grande o mejor podrá suceder, y solemos apegarnos a esa creencia con confianza y fidelidad.

Esperamos un “algo” que no está presente de momento, pero sabemos que va a llegar tal cual está preestablecido. 

Nos aferramos así a creer que vendrán mejores tiempos, que las cosas mejorarán al solventarse la situación presente, y que después de esta larga espera, las cosas volverán a encausarse como es debido.

De la misma forma, nos vemos muchas veces a nosotros mismos. Nos vislumbramos siendo exitosos o superando todos los obstáculos. Creemos esperanzadamente en que podremos levantar a nuestras familias, de la situación de zozobra en que vivimos, que alcanzaremos a recuperar todo lo que hemos perdido, etc.

Todo lo anterior está muy bien, y a nadie puede criticársele por pensar así, de hecho, lo que mas requerimos para ver nuestro futuro de una manera mas prometedora es la fe, sin eso es imposible que podamos visualizarlo así.

Este tipo de fe trae esperanza, y la esperanza es muy importante para poder reconciliar nuestro presente, con la idea que tenemos de nosotros mismos o del entorno, pero no es suficiente, porque está basada en hechos o cosas que aún no son palpables, porque son “cosas que esperamos”.

El único problema de la fe en esperanza, es que al esperar por “algo que viene”, nos enfocamos en el futuro, sin darle respuesta a lo presente.

Cuando solo esperamos, cometemos muchas veces el error, de esperar en vano, porque no le damos cabida a buscar en lo presente, las respuestas que necesitamos, y esto sucede, porque ignoramos que están allí.

Muchas veces oramos por cosas que ya tenemos, creyendo que falta un mover especial de Dios para que se hagan realidad. Pero están allí, y la mayor parte del tiempo lo  ignoramos, y otras veces, simplemente no las aceptamos como son.

En mi experiencia, he escuchado personas clamándole a Dios por ejemplo, para tener mas amor por las personas o para ser mas tolerantes, y resulta que ya todo eso está dentro de nosotros, solo que al igual que la fe, no lo hemos ejercitado. Incluso hay quienes esperan por recibir una instrucción “de arriba” para tomar decisiones, y resulta que ya Dios ha dispuesto todo delante de la persona para hacerlo, solo que sus temores e inseguridades no le permiten verlo con claridad.

Dios dispuso ya la gran mayoría de las cosas, para que tan solo tú y yo nos apropiemos de ellas.

La fe es también, la revelación de las cosas que no se ven.

Esto último es lo que erróneamente confundimos con positivismo. Esta otra cara de la fe, complementa con la primera, pero es muy distinta a ella, debido a que en este punto, la confianza y fidelidad están asociadas al presente y no al futuro.

Esta fe se basa en elementos concretos, en hechos ya manifiestos, pero que al ojo inexperto le son “invisibles”.

Lo que mucha gente no ha entendido, incluyendo en esta lista a los mas acérrimos creyentes, es que la mayoría, más bien, el total de “cosas” que Dios ha destinado para nosotros, ya nos fueron entregadas, y que por  ignorancia de nuestra parte, no las hemos desarrollado a nuestro favor.

 

Al igual que la fe, dones tan maravillosos como el amor, la bondad, la paz, la alegría, el dominio propio, etc. (Gálatas 5.22-23), ya se encuentran dentro de nosotros, a la espera que los desarrollemos, no en el futuro, sino en el ahora.

No hay nada que esperar, Dios ya todo lo dispuso en su diseño de ti, para que alcances tus metas y objetivos.

Ignorar esto, es lo que nos enceguece completamente, hace que todo lo que Dios nos dio, se mantenga escondido de nuestra vista. Lo que no vemos, no implica que no exista.

Confiar en un futuro mejor, te permitirá fortalecer tu esperanza, pero no te ayudará a solventar la situación presente. Lo actual, lo que en este momento  demanda una acción de tu parte, solo puede ser solucionado en el plano de la confianza y fidelidad de lo que Dios ha depositado en ti.

Puede que con esta situación mundial, hayas perdido tu trabajo y que de momento estás confiando que al terminar todo este problema, lo recuperarás o encontrarás algo mejor, pero en este instante, esa esperanza no traerá comida a la mesa de tu familia. Debes mirar lo que tienes ahora, visualiza el potencial que tienes. Hazte consciente de las cosas que has aprendido, de las habilidades y destrezas que dominas. Mira tu situación con otra óptica, no solo enfocado en lo que hacías antes de esto, ni en lo que harás, sino en lo que puedes hacer ahora.

La razón principal por la que la fe orientada en lo presente se complementa con la fe esperanzadora, es que con la primera, podrás evaluar y aprovechar las oportunidades que tienes en el ahora, y esto, se convertirán en un punto de referencia para lo que esperas de ti en el futuro.

Ya hay gente que está reconsiderando si volver o no a sus antiguos trabajos, porque han encontrado nuevas y mejores formas de ganarse la vida, y ser aún más exitosos de lo que eran antes.

La fe basada en lo presente, ve oportunidades en medio de la adversidad, y saca a relucir el potencial que hay dentro de cada uno de nosotros.

Una de las cosas que he aprendido a amar de toda esta situación de la cuarentena social, es que me ha dado la oportunidad de hacer cosas que me gustan muchísimo, como escribir. Pero el regalo más maravilloso de todos, es la oportunidad de estar en casa con mi familia mucho más tiempo. Eso no quisiera cambiarlo por nada del mundo.

Todo lo anterior me ha llevado a reconsiderar muchas cosas, principalmente la administración de mi tiempo y las expectativas laborales del futuro. Me he dado cuenta, que hay múltiples formas de alcanzar los niveles de ingreso que necesito, mas allá y aún mejor que de la manera convencional.

Buscando en mi mismo, encontré esas dotes no reveladas con anterioridad, y que ahora he podido sacar a la luz. He encontrado aún mayor confianza en mis talentos, y esa concienciación acerca de mi, me ha generado fe hacia mi mismo, basado primeramente en la que siento hacia Dios y a lo que el ha hecho por mi.

Aprendí a conjugar el verbo creer para mi mismo. Yo creo en mí.

Hay cosas que Dios está haciendo tras bastidores en el mundo, de las cuales no estamos apercibidos. En el ámbito de lo espiritual, el de lo invisible, hay una realidad que supera por mucho lo que vemos, y está allí disponible para  nosotros. Apenas estamos viendo la punta del iceberg de las cosas que se están conjugando de forma oculta, cosas que lejos de preocuparnos, nos llaman a estar apercibidos y preparados.

Hay cambios que Dios está haciendo en los corazones de muchas personas alrededor del mundo, de los cuales ni nos damos cuenta.

Hay cambios que ya Dios empezó a hacer dentro de ti, y otros que ya están culminados, que solo necesitan ser revelados a nuestro consciente para poderlos desarrollar.

Cree firmemente en el potencial que aún no puedes ver en ti, como un hecho consumado, no como algo que esperas tener.

 


Todo en el universo cumple un propósito, aún aquello que nos parece malo.

Ciertamente Dios no creó la maldad, pero se sirve de ella para generar cosas mejores.

Si no existieran cosas que se nos opusieran en nuestro avance, jamás desarrollaríamos las herramientas y habilidades para superarlas.

Lo que nos trajo al lugar y al tiempo en el que estamos, es la fe.

Cuando creemos, alcanzamos a desarrollar en nosotros, algo que es imposible para el ser humano lograr por su propia cuenta: La Paz.

Esa paz que desarrollamos por medio de la fe, nos permite reconciliarnos con el presente. Cuando entendemos que todo lo que está pasando no es por casualidad, o que indefectiblemente se encuentra bajo el control de Dios, aprendes a mirar las cosas de manera distinta.

La fe no convierte lo malo en bueno, de hecho no tiene nada que ver con ninguna de las dos cosas. La fe no cataloga los hechos, solo nos hace verlos diferentes.

Es allí donde la fe juega un papel importantísimo en nuestra mente. La fe genera la paz que nuestra mente necesita para conciliar lo real con la verdad.

En otra oportunidad profundizaremos sobre la diferencia entre lo real y la verdad, por ahora solo te diré, que en la realidad algo es bueno o es malo según la óptica moral con que se mire, en cambio, la verdad, es aquello que está depositado en nuestro ser, tal cual el diseño de Dios, y no  puede ser catalogado bajo ninguna óptica, porque es absoluto.

La fe apunta hacia la verdad,  de la cual ella misma es parte. Por eso, quien cree, tiene la confianza en lo que cree y es fiel a la verdad depositada dentro de si. De allí que la fe no ve lo malo ni lo bueno. La fe solo ve el propósito de las cosas, según la verdad depositada en nuestros corazones, y esa verdad solo mira según el diseño de Dios.

Quien tiene fe, alcanza la paz, y quien está en paz, no se preocupa por la situación presente.

Dependiendo de la forma en como aprendamos a desarrollar nuestra fe, de esa misma forma nos será mas fácil o difícil entender lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

Te invito a que desarrolles tu fe. Cultiva la esperanza en un futuro que se encuentra en las manos de Dios, pero sobretodo,  crece y multiplica tus esfuerzos en la fe que está vinculada con el presente, con las oportunidades y dotes que Dios ha dispuesto para ti en el ahora.

Quieras o no, toda circunstancia es parte de tu ejercitar en la fe, así que permanece alerta y engrandece tu confianza en Dios cada día, y de la misma forma hazlo contigo mismo.

Cree, confía y permanece fiel, así encontrarás la armonía que necesitas para entender tu situación actual.

No permitas que otros menoscaben tu capacidad de creer, recuerda que nadie puede tomar algo de ti, si esto está incorporado a tu ADN.

Recuerda que la fe fluye constantemente como el agua, y es imposible retenerla por mucho tiempo, así que, aprovecha el momento y déjate llevar por su corriente, no dudes en creer.

Dios siga bendiciendo tu vida…


Pastor César González

 


 


martes, 16 de junio de 2020

Sin E-TI-QUE-TAS

 


Quienes no han sucumbido a la tentación de comprar en una tienda de descuentos, por lo menos lo han considerado.

Es común, sobretodo para los menos asiduos, dar vueltas por dentro de dichos establecimientos a la caza de esa prenda o articulo (muchas veces inútil) con el mayor descuento, o como dicen en el argot económico: “con el que ofrezca la mejor relación costo-beneficio”.

El trabajo puede ser titánico e incluso puede ocuparnos más del tiempo previsto, llegando muchas veces a ser improductivo, causando así más frustración que satisfacción, así  como dolores en pies y cabeza.

Una actividad que sin duda las amas de casa disfrutan más que los caballeros, pero aún nosotros, en calidad de compañía, solemos alguna vez, aunque sea por curiosidad, levantar la etiqueta que acompaña al artículo que nos ha llamado la atención.

¿Qué información nos provee una etiqueta? Normalmente todos esperamos encontrar en ellas el precio o el valor de descuento, pero hay quienes revisan un poco mas allá, dependiendo del interés que los motiva o en la búsqueda de una característica particular del producto.

Es interesante ver como existe mucha información que se puede extraer de dichas etiquetas, como también existen muchas de ellas que no aportan absolutamente nada a la causa.

Aunque sé que el uso de etiquetas está extendido en todo tipo de negocios, quise hacer énfasis en estas tiendas de descuentos, porque la información provista para la mayoría de la mercancía que suelen vender en esos lugares (perdón si generalizo), no siempre cumple con los principios de “honestidad” que debe haber en todo negocio.

¿Cuántos se han encontrado, por ejemplo, con una camisa o pantalón cuya etiqueta dice que es 100% algodón y resulta que al roce con la piel pareciera mas bien 100% lija para madera? Sé que allí donde están, han asentado con una sonrisa en sus rostros, porque este asunto es muy común. Sin embargo, muchos no prestamos la atención debida a esa relación entre la información que nos dan y el producto, porque asumimos esos riesgos al entrar en un establecimiento de ese tipo.

Esto nos lleva a reflexionar, que NO somos tan exigentes en ese aspecto como lo somos en nuestras relaciones con los demás.

Una vez escuché que la honestidad hoy en día estaba muy sobrevalorada, y entiendo en cierta forma a las personas que piensan así, porque en el común de los casos, estas suelen haber sido victimas de la imprudencia o del “exceso de sinceridad” de algún individuo en momentos claves de sus vidas.

Adicional a estos “excesos de sinceridad” existe también la predisposición que cada quien maneja hacia situaciones o tipo de personas con las que nos encontramos en el día a día, lo cual, no siempre manifestamos de manera pública, pero a la larga, influyen en nuestro comportamiento hacia los demás.

Esto es un “mal” que nos toca a todos por igual,  en mayor o menor grado. Nadie está exento de ello. En esto no hay buenos o malos, ricos o pobres, cultos o incultos.  Es una especie de tendencia de nuestra mente a predisponernos hacia los demás, sea para bien o para mal.

Nos inclinamos fácilmente a “etiquetar” a las personas, aún a las que no conocemos.


¿Porque sucede esto?

 

 

 

En primer lugar, y en muchos casos, somos orientados erróneamente desde muy pequeños, a preconcebir en nuestras mentes, apreciaciones equivocadas de las personas.

Durante la crianza, nuestros padres, en su muy honesta intensión de protegernos, nos educaron, señalando en ocasiones, los defectos o los comportamientos erróneos en otros, recalcando con ello el “camino equivocado” de  hacer las cosas, mientras que en contraposición, nos invitaban a comprobar también el “camino correcto”, usando a otros individuos como ejemplo, incluyéndose.

Esa dinámica se repite hoy en día en cada hogar, y se seguirá aplicando quizás por siempre, porque como padres, todos buscamos formar a nuestros hijos en el mejor camino para ellos, asumiendo primeramente el compromiso de ser nosotros mismos el modelo a seguir.

Que esta forma de educar sea la correcta o no, se escapa de nuestro análisis en este momento, pero debemos asumir que es inevitable, porque existe como una “ley” inserta en nosotros, y por demás demostrable, de que se enseña más con el ejemplo que con las palabras, y eso funciona tanto para lo bueno como para lo malo.

Aceptamos con esto último, que en el camino de la crianza hemos cometido también muchos errores, y quizás, uno de los más terribles, ha sido por causa de esa misma necesidad de proteger a nuestros hijos, para que otras personas no les hagan daño o los lleven a hacer cosas indebidas.

Les enseñamos a crear barreras y a etiquetar a las personas como buenas o malas, desvirtuando completamente nuestro rol como formadores de carácter,  creando en su defecto, individuos resentidos, temerosos y desconfiados.

En lo básico, no creo que sea malo generar advertencias y enseñar a nuestros hijos a ser precavidos ante ciertas circunstancias, pero manejar este tipo de situaciones requiere de cierta madurez en el individuo, por lo cual, no estoy de acuerdo en que se gestionen estas alertas sin considerar la edad del niño.

A veces, por no medir esto último, provocamos sin querer, niños “odiosos” o tímidos, carentes de entablar una relación sana con otros.


"En la medida en que crecen, podemos darles mayor y mejor información a nuestros hijos, pero siempre debemos ayudarlos a desarrollar su capacidad de tolerancia y de respeto hacia el resto de las personas."


El fenómeno de “bulling” tiene su origen en gran parte, a la formación de “etiquetas” en las mentes de nuestros niños. Nos olvidamos de enseñar respeto, valoración y tolerancia, con la excusa de hacer “niños más fuertes”, cuando en realidad los hacemos más vulnerables.

Hablarles, muchas veces en forma de grito a nuestros hijos, promulgando sus errores o defectos en todo tiempo, los “etiqueta” para el fracaso, contrario a lo que erróneamente deseamos.

Un llamado de atención a los padres. Un victimario del “bulling”, normalmente fue primero una victima, y esa situación comúnmente se origina en casa. Cuida bien la forma en como le hablas a tus hijos, porque no hay palabras inocentes, mucho menos para el entendimiento de un niño.

En la medida en que crecen, podemos darles mayor y mejor información a nuestros hijos, pero siempre debemos ayudarlos a desarrollar su capacidad de tolerancia y de respeto hacia el resto de las personas.

Reconozco que esto no es sencillo, porque muchas veces somos nosotros mismos los que creamos esas etiquetas acerca de las personas para nuestro consumo personal, y por ende, es muy difícil enseñar a “dejar algo” que no somos capaces de “soltar” por nuestra cuenta.

 

"Un victimario del “bulling”, normalmente fue primero una victima, y esa situación comúnmente se origina en casa..."


Es más fácil y cómodo compartir un prejuicio, que construirnos una razón para aceptar al otro.

Recuerdo un episodio con mi mamá, cuando entró en pleitos con una vecina a la cual yo acostumbraba a ayudar con los mandados. Tendría aproximadamente como doce años de edad, cuando mi mamá me prohibió “hacerle favores” a dicha vecina. Yo como buen preadolescente, no le hice caso y seguí ayudando a la vecina pero ocultándoselo a mi mamá, lo cual no tardó en descubrirse. Cuando fui increpado al respecto, le declaré a mi mamá la razón para haberla desobedecido, y en mi muy incipiente madurez, le dije: “no voy a aceptar que me enseñes a odiar a otros…”, lo cual, me valió el respeto de mi mamá, y como bien se lo hice saber, al  poco tiempo volvió a estar de buenas con la vecina hasta el final de sus días.

Este sencillo ejemplo, es una demostración clara de los errores que cometemos muchas veces con nuestros hijos ¿Es correcto que transfiramos a ellos nuestras rabias, temores o desconfianzas? ¿Estamos realmente protegiéndolos, o haciéndolos mas vulnerables? Te repito, no creo que tengamos malas intenciones, pero igual estamos equivocados.

Todo lo que sembramos hoy, eso mismo lo recogeremos mañana, pero mas grande.

En la medida que estamos dispuestos a etiquetar a las personas, estamos abriendo paso para que otros lo hagan con la misma liberalidad hacia nosotros.

 

"Una cosa es tener “expectativas” acerca de alguien y otra cosa muy distinta es tener una predisposición hacia ella."

 

Acostumbro recomendarle a mi hijo mayor a no nombrar a nadie con el uso de sobrenombres o apodos, sobre todo si son despectivos, porque sé que cuando tú abres esa puerta no hay forma de cerrarla para ti mismo.

Esto mismo aplica también para las etiquetas.

No importa si te las reservas para ti mismo o si las compartes libremente con otros. Tienen el mismo efecto en ti, porque te predisponen con los demás.

Las etiquetas que colocamos en otras personas, son muy parecidas a las que encontramos en las tiendas por descuentos, en las cuales, o no encontramos suficiente información para determinar las características del producto, o simplemente la información que nos dan no es la correcta.

Tal cual, la información que recibimos de primera mano acerca de alguien, siempre estará incompleta, e incluso puede estar sesgada por resentimientos, malas experiencias, frustraciones, etc.

La información que recibimos acerca de alguien no debe ser usada para que nos predispongamos ante esa persona, por el contrario, debe servir, como un estimulo para amoldar nuestro comportamiento, a favor de conectar favorablemente con la misma.

¿Cuántas veces nos hemos dado cuenta de que hemos estado equivocados acerca de alguien? Y no solo lo digo en el aspecto negativo, a veces sucede que tenemos un alto concepto de esa persona, y después de conocerle bien, termina “cayéndose del pedestal”.  Pero todo esto forma parte de la dinámica de las relaciones.

A la larga, nunca participamos en alguna relación, sea temporal o de contacto prolongado, sin previamente tener “una idea” o expectativa de lo  que nos encontraremos.

Una cosa es tener “expectativas” acerca de alguien y otra cosa muy distinta es tener una predisposición hacia ella. La primera nos permite abrir nuestra visión de las personas, la segunda solo nos deja ver lo que queremos ver.

En una oportunidad, una amiga se ofreció a darme el aventón hacia mi casa, no sin antes advertirme que a su nuevo novio, no le gustaban los “temas religiosos” porque se consideraba ateo.

Con esta información en mente, me monté en la parte de atrás del vehiculo, y en el camino fuimos presentados. Yo dije dentro de mí: “recuerda que el cree que es ateo…”, y con eso en mente, entablé una conversación por demás interesante, y quedamos en seguir con la charla en otra oportunidad.

La información para este primer encuentro fue vital, pero no por ello me formé una etiqueta de esta persona y la deseché por sus pensamientos ateos. Por el contrario, en los siguientes encuentros, las charlas se volvieron mas atrevidas, porque ya en confianza pude introducir el tema de lo divino. ¿Trataba acaso de cambiar su forma de pensar? Para nada, pero le di la oportunidad de recibir la información correcta acerca del tema, e la mano de una persona de su confianza.

Etiquetar a las personas, nos cierra a tratar de entenderlas, a ayudarles a gestionar sus conflictos, pero también nos afecta a nosotros. Cuando nos volvemos sesgados en nuestra forma de pensar, causamos rechazo en otros, y avanzamos en la consolidación de nuestra intolerancia.

Recientemente escuchamos del caso de un hombre de raza afroamericana de apellido Floyd, quien fue tratado brutalmente en una operación policíaca. El asunto fue manejado como un caso de racismo. ¿Es que no se había visto antes? Claro que sí, todos los días y no solo en EEUU.

Lo que desató la polémica de este caso fue el exceso de violencia, que llevó a la muerte de este hombre.

¿Qué se necesitó para que esta brutalidad policíaca se manifestara? Simplemente la oportunidad para que “las etiquetas” que fueron formadas en las mentes de estos policías acerca de las personas de raza negra, tomaran forma humana. Solo se necesitaba un individuo afroamericano en una situación que lo comprometiera, y un grupo de hombres “envenenados en su mente” por ideas erróneas preconcebidas acerca de su raza, lo cual desató la brutalidad.

¿Podemos llegar nosotros con nuestras ideas preconcebidas acerca de las personas a cometer atrocidades similares? Mi respuesta es la siguiente: la mente humana es capaz de hacer cosas increíbles, más allá de lo que nos imaginamos, y ella es la que manda en nosotros. Saque ud. sus conclusiones.


"Por esto y por más, debemos aprender a no guiarnos por lo que “vemos” porque nuestra óptica puede estar distorsionada según nuestras creencias"



Pero no debemos culpar de todo a la educación que recibimos en casa.

Como dije en párrafos anteriores, existen cosas que como adultos debemos ser capaces de hacer, y una de ellas es responsabilizarnos por los prejuicios que manejamos. Deberíamos tener la madurez para entender que está mal en nosotros y hacer los cambios.

Tuve la oportunidad de entablar una amistad con un árabe-venezolano, a quien me unen lazos de amistad y cariño muy grandes. En nuestras conversaciones hablábamos de todo, y nunca faltaba el tema de la Biblia y de las relaciones entre árabes y judíos.

Lo que aprendí de nuestros diálogos en muy curioso. Cada quien, cuando niño, es enseñado o predispuesto desde su bando a odiar al otro, sin siquiera conocer con exactitud la razón principal de su rivalidad como razas. Siempre las respuestas o razones de mi amigo que me daba acerca de su prejuicio, hacían referencia a eventos actuales, a conflictos que estaban a la par con las noticias del momento. Él tenía razones en la actualidad para estar enojado con su contraparte judía, pero su predisposición hacia ellos no era causada por los eventos recientes, era un asunto ancestral, un prejuicio que ha ido pasando de generación en generación.

Quiero soñar con la esperanza que en un futuro no muy lejano, tanto árabes como judíos se hagan responsables de sus propios prejuicios y determinen de una vez por todas, acabar con la rivalidad. Eso abriría caminos hacia la paz en sus regiones.

Por esto y por más, debemos aprender a no guiarnos por lo que “vemos” porque nuestra óptica puede estar distorsionada según nuestras creencias.

Somos lo que pensamos, y actuamos según lo que está preservado en nuestra memoria.

Si un prejuicio instaurado en nosotros desde la infancia puede mantener una guerra de por vida. ¿Cuanto bien no hará el que nos despojamos de el?

No todos los prejuicios provienen de la educación que recibimos, pero somos responsables de todos ellos.

 

 v

 

Otra cosa que he aprendido de las tiendas de descuentos, es que sin importar la talla que indica la etiqueta, mucha gente (me incluyo) buscamos “probarnos” esa prenda que nos llama la atención, confiando en que las tallas están erradas, ya que casi siempre, vienen un poco mas grandes o pequeñas. Lo otro es que a veces asumimos que puede haber un error en la etiqueta como tal, y que lo representado en ella no sea del artículo que tenemos en la mano. ¿Les ha pasado?

Así mismo deberíamos hacer nosotros con las personas, olvidándonos de la etiqueta que nosotros mismos u otro ha elaborado acerca de ella, y “probar” al entablar un acercamiento.

Existen muchos casos (yo puedo certificar unos cuantos), en donde personas que se “caían mal” desde un principio, se esforzaron en soltar los prejuicios, y hoy en día son buenísimos amigos, incluso conozco de algunos que hasta se casaron. Las posibilidades son muchas.

Debemos adquirir conciencia sobre este tema, que parece trivial para muchos, pero resulta que por esta causa hemos perdido oportunidades grandiosas, y así mismo hemos alejado sin razón personas maravillosas de nuestras vidas.

Incluso, por lo que expusimos un poco más arriba, guerras se ha originado y mantenido por causa de prejuicios no gestionados correctamente.

Cada quien ha  asumido una posición en relación con el otro, y eso es inevitable porque está en nuestra psique.

No obstante, esto último no puede ser la excusa para aferrarnos a esos prejuicios.

Recordemos como al principio leíamos: “Seremos medidos con la misma vara con la que lo hacemos nosotros”.

¿Cómo sería tu vida hoy en día sin hubieses tomado una actitud diferente con esa persona que te caía mal?

Debemos crecer en nuestra capacidad de tolerar a otros y de no prejuzgar a nadie. Eso es lo que hacemos los adultos.

En esto radica la madurez, en aprender a soltar estos esquemas que sirvieron para protegernos cuando niños, y de romper en definitiva con todos aquellos prejuicios que las malas experiencias nos han convalidado en acumular durante nuestras vidas.

Hay que comenzar con visualizar a las personas como realmente son y no por las “etiquetas” que manejamos.

Soltemos los prejuicios. Conozcamos a la gente. Démonos la oportunidad de decepcionarnos o asombrarnos. Todo está en juego en la mesa.

¿Tengo derecho a asumir una etiqueta de alguien una vez que lo conozca? Creo definitivamente que no. Las etiquetas nunca tienen toda la información.

¿Qué hacemos entonces? Aprendamos a juzgar los hechos y no a las personas.

Una mentira no te hace mentiroso. Una ruptura no te hace mal marido o esposa. Un mal negocio no determina que seas un pésimo comerciante.

¿Cuántas veces hemos etiquetado a nuestros propios hijos de desobedientes, desordenados, mentirosos, indisciplinados, mal geniosos, irresponsables, malos estudiantes,….?

Esas son etiquetas que marcan a un niño o a aun adolescente, y lo pueden hacer de por vida.

¿Cuántas veces le hemos dicho a nuestra pareja que es inútil, que no sirve para nada, que solo hace molestar, que es un parásito, que es un inmadur@, …?

Estas también son etiquetas que pueden afectar grandemente a esa otra persona, aunque no sea nuestra intención.

Una canción muy popular en los años 90’s rezaba en una de sus partes: “no es  lo mismo llamar al demonio que verlo llegar…”

En otras palabras, “etiquetar” implica dar por hecho una realidad que no existe en el momento. Eso es atar a “otros” a una mentira que irresponsablemente hemos creado en nosotros mismos.

Cuidado con lo que decimos.

Cuando tú etiquetas a alguien de esta forma, la sentencias (juzgas) ante tus ojos, y le envías ese mismo mensaje a su cerebro, pero también al tuyo.

¿Puede un error marcar a alguien para siempre? Sí, ante los ojos de otros o ante los propios.

Nada es absoluto en las personas, por eso aprendamos a juzgar solo los hechos no a la gente.

Dejemos de etiquetarlas, y habrá posibilidades de ver cosas mejores en ellas.

Hemos decidido dividir esta lección en dos partes para dedicarle un episodio completo al manejo de las etiquetas internas, esas que tienen que ver con nosotros mismos, pero era necesario hablar de esto primero, porque solo en la medida que estemos dispuestos a cambiar nuestra visión acerca de las demás personas, es que encontraremos las herramientas para poder hacer lo propio en nosotros mismos.

Por los momentos concéntrate en abrir tu mente y corazón en una sincera amplitud para poder ver con claridad, que lo que conocemos acerca de alguien no es suficiente, que merecemos ir más allá para explorar, experimentar, y probar que existe un “alguien” en lo profundo de cada individuo, que es la esencia real de su ser.

Puede que haya decepciones, como puede que no.

Acércate a la gente con expectativas, pero sin etiquetas…

Nos vemos en la segunda parte…


Muchas bendiciones.


Pastor César González.